Talladoras de Palabras

Noviembre, 2009

Alejandra

Ya perdoné errores casi imperdonables,
Intente sustituir insustituibles  y
Olvidar personas inolvidables,
ya pensé que me moría de tristeza,
tuve miedo de perder a alguien especial
y acabé perdiéndolo,
¡Más sobreviví!
¡y todavía vivo¡
No paso por la vida
Vida es mucho para ser insignificante.
Texto de Charles Chaplin.

El día más triste de mi vida.

¿Por qué hay tanto pesar? ¿Por qué perdura por tanto tiempo? Ya habían  pasado algunos meses y yo seguía atorada, apegada al recuerdo, a ese duelo interminable, a esa profunda tristeza que yo quería perpetuar. La tragedia había irrumpido con fuerza mi vida. Alejandro  murió repentinamente. Nada me consolaba, estaba entre la razón y la locura, mi vida ya no tenía sentido, su muerte me robó el entusiasmo y la depresión hacía su maldito trabajo. Mi primera reacción fue estallar en ira, en una negación total, tenía sentimientos de desesperación, indiferencia, desanimo, aflicción, había perdido el interés en las actividades habituales que antes me daban alegría.

Yo ya había dicho adiós a familiares y amigos, también experimentado en mi niñez ese sentimiento que me paraliza, que me perturba, que me inquieta: Miedo, pero ahora era diferente, me asustaba más porque venía acompañado de una profunda tristeza y una depresión muy severa.

Caminaba de un lado a otro, subía, bajaba dentro de la casa, me quedaba profundamente dormida, y me despertaba al amanecer, a veces simplemente no dormía. Era una verdadera pesadilla, tenía un desorden emocional muy fuerte. Fui protagonista de una historia de amor plena, y de esa felicidad pasé al dolor más grande.

Viví en soledad el duelo, no estaba tan consciente del cambio que en mi vida se presentaba. Dejé el trabajo y me escondí de mi familia, no quería que nadie me viera tan delgada, tan afligida, con unas sombras en mis ojos que contrastaban con la palidez de mi rostro. Mis amigos realmente se preocuparon, yo ya no les contestaba el teléfono.

Qué pesar saber que ya no lo volvería a ver, ya no estaría nunca más amorosamente a mi lado, ya no me estrecharía en su pecho envuelta en un fuerte y tierno abrazo, ya no escucharía su sonora respiración junto a mí ni me llamaría para saber cómo estoy.

Acostumbrada a su protección, me sentí abandonada, el dolor se imponía a la razón. Gradualmente me fui acostumbrando a su ausencia. Cuatro años me tomó el camino a la sanación, dicen que fue un duelo complicado, diferente; sí, creo que sí.

¿Que todo fue felicidad? No, para nada, pasamos momentos muy difíciles en que ya no queríamos estar juntos, pero nuestro vínculo era más fuerte que el enojo ó la desconfianza. Siempre buscaba la manera de halagarme, “No una mujer como tú” me decía, cuando nos enterábamos que tal o cual persona estaba haciendo las cosas mal. Se entusiasmaba cuando yo destacaba su valentía, su esfuerzo, sus logros. Tuvo la visión de dejar todo en orden y a mi nombre, así pude sobrevivir sin problemas mi inactividad.

Las decisiones en mi vida estaban tomadas, y sólo me quedaba elegir. Fue una soleada mañana de abril que salí a enfrentar yo sola lo que el destino me tenía deparado, sentía una emoción intensa, el corazón me palpitaba con fuerza, las tripas me rechinaban. ¡¡Estaba de vuelta a la vida!!  Se avecinaba un ciclo de cambios importantes para mí, me esperaba un mundo rebosante de cosas buenas. Asumiría las consecuencias de mis actos. ¿Podría yo sola con mi vida? ¡Sí!, ¡sí!, sólo requería de un cambio de actitud, estaba convencida que Dios me puso aquí para ser feliz.

Con frecuencia, al final del día está en mi pensamiento, nunca faltó a su promesa: “Estaré cuando haga falta”, sólo que yo no tuve la capacidad de comprenderlo en su momento, efectivamente el siempre estuvo cuando tenía que estar.

Siempre tendré un buen recuerdo de él, pues forma parte de mi pasado, de mis vivencias, de mi formación. Le dije todo lo que una mujer enamorada le dice a su hombre, sólo olvidé darle las gracias por haberme amado.

Alejandra.