
“¿Cómo decirles a mis nietos que no es una escuela, que es la cárcel? ¿Cómo explicarles que por “portarme mal” estoy aquí? ¿Cómo?...”
Claudia Peña Zárate
Septiembre de 2010
Es la pregunta que con frecuencia me hacen mis nietos y a lo que la respuesta siempre es: Sí.
El 10 de Octubre del 2009, Daye, mi nieta mayor me pide que la lleve al baño, la llevo al que está en el dormitorio que ocupo en esta “escuela”, pues el que es de visita está muy sucio. Al entrar, ella se queda mirando alrededor y comenta:
“El mismo cuarto, la misma ventana, tu misma ropa, ¡ay! abue, siempre te veo con la misma ropa”... le sonrío recorriendo el mismo espacio limitado que veo todos los días, sólo que ese día lo siento más pequeño; tomo la mano de Daye de apenas seis años de edad, al mismo tiempo que le digo –pasa hija, aquí te espero– sentándome en el borde de la cama-piedra.
Cuando Daye sale me abraza diciéndome:
-Abue, te voy a decir un secreto
-Dime-le contesto
-Prométeme que no se lo vas a contar a nadie y que lo vas a hacer.
-Prometido-le digo alzando la mano en señal de juramento, luego acaricio su carita y la miro a los ojos; ella muy seria se acerca y me habla al oído.
-¡Pórtate mal, abuelita, para que te expulsen de esta escuela!, ¡te vas a la mía, el uniforme es más bonito!
No supe qué responder, sólo la abracé con fuerzas acercándola a mi pecho, mientras las lágrimas amenazaban con resbalar por mis mejillas, alcé mis ojos al techo y suspiré para distraer los sollozos...
–Sí, hijita, lo voy a pensar –dije– ahora vámonos, tu mami nos está esperando.
¿Cómo decirles a mis nietos que no es una escuela, que es la cárcel? ¿Cómo explicarles que por “portarme mal” estoy aquí? ¿Cómo? No, no puedo hacer pedazos su inocencia y lastimar su alma infantil. Haciéndome estas preguntas llegamos al patio donde nos esperaba la familia sentada alrededor de la clásica mesa verde y alguna otra mesa que me prestan o me rentan.
Todavía no terminábamos de comer cuando se escuchó la voz amplificada de una de las custodias: “A toda la visita...a toda la visita, se les recuerda que su tiempo de estancia ha terminado. Hagan el favor de retirarse”. Empiezan movimientos rápidos, bocados a medio tragar, los “apúrense niños, recojan sus cosas”. Mis oídos ya deberían estar acostumbrados a esas palabras que se repiten una y otra vez hasta que sale el último visitante, sin embargo, todavía me estremecen y provocan que mi estómago y mi corazón den un vuelco y mi sangre se acelere, como si fuera la primera vez.
Abrazos, besos, bendiciones, el “cuídense”, “tápense”, despedidas rápidas mientras recorren el espacio que les conduce a la aduana de la salida; la puerta se abre y el último adiós con las manos y besos lanzados al aire; en ese momento, cuando las pierdo de vista, lágrimas silenciosas brotan de mis ojos y con pasos lentos y cansados regreso a la mesa, lo mismo después de cada visita, levantar los trastes, guardar comida, devolver la mesa, sillas, bancas, buscar quien me pueda ayudar a lavar los trastes; después me voy a la oración que cada fin de semana realizamos en la biblioteca, al salir veo al cielo de octubre que luce un azul casi cristalino y cubierto de nubes de algodón que van abriéndole paso a la señora Luna que está custodiada como nosotras, sólo que sus custodios son unas pequeñas estrellas que tintinean y brillan a su alrededor, haciendo que se vea majestuosa como una reina; en cambio a nosotras nos custodian mujeres de negro que nos recuerdan nuestra posición en este centro.
A las siete treinta de la noche nuevamente se escucha la voz amplificada de una custodia, indicándonos que es la hora del cierre, con desgano cada una de nosotras se dirige al cuarto que ocupa; ya en el dormitorio, tirada sobre la cama, cierro mis ojos recordando las palabras de Daye; me sorprende que a su corta edad se ponga a pensar cómo pueda salir su abuela de aquí para estar juntas.
Cuando el cuarto queda en silencio agradezco a Dios el haberme traído a este lugar ya que fue la única forma de que yo volteara mis ojos al cielo y mi rostro hacia Él; qué bueno que mi disciplina fue en la cárcel y no en un hospital o en un manicomio. Él no se equivoca. Orando me quedé dormida para recibir el día con una esperanza renovada.
Ha pasado el tiempo sin ninguna novedad y el 7 de Noviembre del 2009, después de felicitar por teléfono a mi hermano Ernesto por su cumpleaños, me interceptó Bere, mi coacusada, para informarme que su esposo se enteró de la reducción de la pena por el delito de asociación delictuosa; le contesté que no sabía nada y que hablaría con mi abogado.
Ese mismo día hablé con el licenciado Romero y vino a verme. Se empezó el trámite del incidente, nos negaron el amparo y hubo que tramitarlo a través del juzgado donde me sentenciaron hasta el mes de enero del 2010. Notificaron que se fijaba el 23 de abril para la audiencia incidental.
Se llegó esa fecha, yo estaba en el taller de literatura cuando me llamaron al juzgado; volver a estar frente al juez fue revivir el pasado, sin embargo esta vez no iba con miedo, sino con seguridad y con mi fe puesta en Dios que es más poderoso que el juez, repitiéndome que si Él está conmigo ¿quién puede estar contra mí?
El juez leyó una reseña del proceso, preguntándome si quería decir algo, sólo le respondí
-Sí, señor Juez, anhelo una oportunidad.
-Está bien. Permítame, en unos minutos firma usted la diligencia.
Los minutos pasaron con lentitud y al cabo de una hora apareció nuevamente el juez.
-Señora, ya tengo una sentencia-dijo. Me sorprendió mi tranquilidad. La luz de neón iluminaba la rejilla de prácticas y el juez empezó a decir...”de conformidad con los artículos x, y, z...ésta autoridad tiene a bien reducirle la pena privativa de su libertad de diez años, un mes y seis días a nueve años, cuatro meses...”, no recuerdo qué más dijo, sólo recuerdo su mirada compasiva y la tenue sonrisa que iluminó su rostro; con lágrimas en mis ojos le extendí mi mano franca al tiempo que le decía:
-Gracias, señor juez-a lo que me contestó
-¡Buena suerte!
Cuando salí de las rejillas, por primera vez no vi lúgubre el pasillo que me condujo de la calle a la cárcel, ahora parecía que estaba iluminado, compartiendo conmigo la alegría y la felicidad que me embargó en esos momentos y aún permanecen en mí.
Después de nueve años de estar mi cuerpo cautivo, y digo mi cuerpo porque mi mente siempre ha sido libre, el próximo 8 de Septiembre, el sueño tantos años acariciado se convertirá en una hermosa realidad, la alegría está de continuo en mi corazón, por fin la melancolía y la angustia habituales que eran mis compañeras, se fueron.
Muy pronto voy a regresar a casa, como si regresara de un largo viaje, necesito disfrutar a mi familia, necesito abrazarlos y decirles que los amo, antes de que se me acabe el aliento.
Es hora de empezar a hacer maletas y seleccionar lo que llevaré a casa, pues aquí en la cárcel me di cuenta de que dentro de mí hay cosas buenas y agradables, que tengo buenos sentimientos y que soy capaz de amar y servir a mi prójimo.
Me llevo en primer lugar a Dios que me ha enseñado a ser una mujer fortalecida, humilde y con muchas ganas de vivir; me llevo la experiencia más grande de mi vida, el conocer a muchas mujeres que con su ejemplo y experiencia han enriquecido mi vida, como las Licenciadas Mónica Díaz de Rivera y Alejandra Montero Clavel, mis talleristas de literatura, que cada viernes llegan para compartir con mis compañeras y conmigo sus conocimientos, sus alegrías y su ímpetu para animarnos a seguir adelante; también, junto con nosotras, gozan con nuestros logros y lloran por nuestras desgracias.
El taller de literatura es donde se respira y habla libertad, nos permite vivir otras vidas y escribir mis experiencias ante la necesidad de que, lo escrito, pueda leerse más allá de estos muros.
Me llevo la sonrisa de satisfacción de quienes logran su objetivo, como Vero, que se realizó como profesionista y madre, sorteando todos los obstáculos que se interpusieron en su camino. La admiro por su tenacidad.
También me llevo la sonrisa pura y limpia de los niños que en su bendita inocencia viven junto a nosotras sin pedirlo y que estos pequeñitos con tan sólo una sonrisa nos alegran el día o con un abrazo nos cobijan del frío de la soledad.
Me llevo de cada una de mis compañeras de prisión la enseñanza que de ellas aprendí, todas con su propia historia, todas con su propio dolor, pero todas con un mismo anhelo de obtener su libertad.
Para mí la cárcel es como un confesionario donde se confiesan los pecados ante un sacerdote que, sin ser santo ni justo y sin conocerlo, te impone una penitencia.
Aquí en la cárcel confiesas a la fuerza un delito que no cometiste y un juez que tampoco es santo, ni justo, ni te conoce, te sentencia a morir en vida.
Sin embargo, para mí el estar cautiva ha sido un tiempo de reflexión para enmendar mis errores y construir un nuevo destino que me permita tener alas por dentro y ser feliz, Dios me ha dado lo necesario para serlo.
Algún día mis nietos leerán esto y quiero decirles:
Hijitos, portarse mal no sólo hace que te expulsen de una escuela, sino que trae consecuencias delicadas y graves que se pagan a un precio muy alto. Lo mejor es que valoren lo que tienen, esfuércense por lograr sus objetivos con honestidad y sabiduría y así caminarán como reinas con una corona en al cabeza y una estrella en el pecho, pero sobre todo pídanle a Dios que guíe su vida. Él es fiel.
¿Qué opinas? Escribe aquí tus comentarios o envíalos a diana.perez@demac.org.mx
Comentario a Claudia
Por Miriam (no verificado)CLAUDIA:
Que agradable es saber que estar cautiva te dio la oportunidad de reflexionar y aceptar que te equivocaste para proceder a rectificar. eres afortunada porque no siempre ocurre así. Fisicamente te cortaron la libertad pero tu Espíritu nunca estuvo prisionero y te permitiió además aprender y percibir muchas otras cosas que de otro modo no lo hubieras logrado.
La fé en Dios, según nuestro propio entendimiento de El es fundamental, nos da la capacidad de sentir consuelo cuando sentimos que no podemos más y renovar fuerzas, tener la esperanza de que mañana será mejor que hoy.
Efectivamente, la escritura traspasa fronteras y no todas tenemos el privilegio de expresarnos por medio de ella, tenemos "libertad" de cuerpo y mente (aparentemente) pero vivimos cautivas de nuestrs emociones.
Felicitaciones por el camino a la libertad
Por LALA (no verificado)Estimada Señora:
Me es un gusto leer su escrito lleno de valor y de humildad porque usted es un ejemplo de vida y un ejemplo como mujer arrepentida por sus actos pasados, sin duda se lleva Usted lo más grande que la vida la ha dado: SU TOLERANCIA Y ALMA INTACTA o más fortalecida por los acontecimientos que paso dentro de uno de los sitios más deplorables ( no por los que la habitan), sino por las malas instituciones y servidores que las dirigen y hacen que en lugar de que los internos (as) se rehabiliten, se conviertan en mejores o en muchos de los casos en peores seres humanos.
Su caso es diferente, Ustedes dentro de todo reconoce su falta y eso la hace libre, bendita seas Mujer porque tus lagrimas han lavado tus penas, tus angustias a tus pecados y las horas, días, meses y años te convierten en una nueva flor que renace.
Bendita seas abuela porque tus nietos tendrán de regreso de la escuela a la alumna más destacada.
Laura Noguera